La muerte es el tema que más evitamos y el único que no perdona. Todos sabemos que va a pasar y todos hacemos como si no. Estos cuatro libros hacen lo contrario: la ponen sobre la mesa, sin música de fondo ni frases de consuelo, y se quedan ahí, mirándola.
No son libros tristes en el sentido barato. Son libros lúcidos. Hombres que se enferman, que entierran a un padre, que envejecen mal, que se dan cuenta tarde de que vivieron apurados. Leerlos no te deprime: te despabila. Salís con ganas de llamar a alguien.
Los ordené de menos a más íntimo. Arrancamos con un clásico ruso que te deja sin aire y terminamos con un argentino que se ríe de la vejez para no llorar. En el medio, un noruego que cuenta la muerte de su viejo sin ahorrarse nada y un médico que se anima a decir lo que otros médicos callan.
La muerte de Iván Ilich es una novela corta que pega como un cross. Iván es un juez cómodo, correcto, que hizo todo “como se debía”: buen trabajo, buena casa, buena esposa. Hasta que un dolor en el costado le avisa que se muere, y ahí, recién ahí, empieza a sospechar que vivió toda una vida de mentira educada.
Lo genial de Tolstói es que no te sermonea: te mete adentro de la cabeza de un tipo que se va apagando y que descubre, entre el miedo y la bronca, que lo único que valía la pena era lo que nunca miró. Si vas a leer un solo libro sobre la muerte, que sea este. Tiene más de cien años y sigue siendo el más filoso.
Con La muerte del padre, primer tomo de Mi lucha, Knausgård arranca una de las apuestas más locas de la literatura reciente: contar su propia vida sin filtro, con nombres reales y detalles incómodos. Este tomo gira alrededor del cadáver de su padre, un hombre difícil, alcohólico, que murió solo y dejó una casa hecha un desastre.
El noruego limpia esa casa página por página, literalmente, y en esa tarea sucia va procesando qué significa que se muera alguien a quien querías y odiabas en partes iguales. No hay épica ni perdón fácil: hay un hijo con un balde y un trapo, entendiendo por fin a su viejo cuando ya no puede decírselo. Es largo y por momentos moroso, pero pocas veces la muerte de un padre se contó tan sin maquillaje.
Ser mortal lo escribe un cirujano, y por eso pega distinto: Gawande vio morir a mucha gente y se dio cuenta de que la medicina, que sabe todo sobre curar, no sabe casi nada sobre acompañar el final. El libro es una crítica honesta a cómo tratamos a los viejos y a los enfermos terminales: los llenamos de tubos con tal de no hablar del tema.
No es un libro médico frío. Está lleno de historias, incluida la del propio padre de Gawande, y termina en una pregunta simple y demoledora: ¿para qué querés vivir más, si esos días no son la vida que querés? Es de esos libros que te cambian las conversaciones difíciles con la familia. Muy recomendable para cualquiera que tenga padres grandes.
Para cerrar, un argentino que se anima a lo que casi nadie: reírse de la vejez y del miedo a morir. En Diario de la guerra del cerdo, Bioy imagina una Buenos Aires donde de golpe los jóvenes empiezan a cazar viejos, como si la vejez fuera un delito. Don Isidro Vidal, el protagonista, tiene que decidir de qué lado está mientras el cuerpo le avisa que él también está entrando en la lista.
Bioy escribe con esa elegancia porteña que parece liviana y no lo es. Debajo del policial fantástico hay una meditación finísima sobre el paso del tiempo, sobre cómo el propio cuerpo se vuelve un extraño. Y si esta vuelta te dejó pensando en el sentido de todo esto, Alejandro G. Roemmers lo trabaja de manera más frontal en Morir lo necesario, una novela que se mete de lleno con el duelo y con eso de aprender a soltar. Otra vibra que Bioy, pero buena compañía para el mismo desvelo.
