Vivimos rodeados de manuales para ganar. Cómo ser exitoso, cómo ser productivo, cómo sacarle el jugo a cada minuto. Y sin embargo la mayoría de las vidas, si uno es honesto, están hechas más de derrotas que de triunfos: el trabajo que no fue, el amor que se pudrió, el talento que no alcanzó. De eso casi nadie quiere hablar, y por eso los libros que sí lo hacen son tan valiosos.
El fracaso masculino tiene además una vuelta de tuerca: al varón lo educaron para proveer, para lograr, para no quejarse. Cuando la vida no le sale, muchas veces no tiene ni el lenguaje para nombrar lo que le pasa. Estos cuatro libros ponen palabras ahí donde suele haber silencio o alcohol. Y lo hacen sin lástima, que es la única manera de que no resulte insoportable.
Hay un profesor gris que nadie recuerda, un escritor joven muerto de hambre en Los Ángeles, un pintor que destruye lo único que ama y un oficinista que simplemente deja de obedecer. Ninguno gana. Todos, a su modo, siguen de pie. Quizás sea eso lo único que podemos pedirle a una vida: no ganar, aguantar parado.
William Stoner nace en una granja pobre, entra a la universidad a estudiar agronomía y se enamora de la literatura casi por accidente. Se hace profesor, se casa mal, tiene una hija que le arrebatan de a poco, un romance que no puede sostener, una carrera que nunca despega. Y sin embargo, Williams cuenta esa vida chica como si fuera una epopeya.
Stoner se publicó en 1965, pasó desapercibida y renació cincuenta años después convertida en un fenómeno mundial. Su secreto es simple y demoledor: te muestra que una vida aparentemente fracasada —sin gloria, sin dinero, sin reconocimiento— puede tener una dignidad callada que vale más que cualquier éxito. Es una de esas novelas que la gente termina y necesita abrazar.
Arturo Bandini es un joven ítalo-americano que quiere ser escritor y se muere de hambre en un hotel berreta de Los Ángeles, en plena Depresión. Fanfarrón, inseguro, enamorado de una camarera mexicana que lo desprecia, Bandini es puro ego y pura fragilidad al mismo tiempo. Fante lo escribió en 1939 y básicamente inventó una manera de narrar la pobreza sin solemnidad.
Pregúntale al polvo fue el libro que Bukowski dijo haber encontrado como quien encuentra oro en una biblioteca. Se entiende: Fante escribe con una energía y una honestidad que no envejecen, capaz de pasar de la carcajada al golpe bajo en el mismo párrafo. Es la novela del que quiere todo y no tiene nada, y aun así sigue escribiendo. Un clásico secreto.
Juan Pablo Castel es un pintor que asesina a la única mujer que sintió que lo entendía, y desde la cárcel se pone a explicar por qué. Sabato publicó esta novela corta en 1948 y armó uno de los grandes monólogos de obsesión de la literatura en castellano: un hombre lúcido y enfermo que razona su camino hacia el desastre.
El túnel es un fracaso de otra clase: el del que no puede conectar con nadie, el que se encierra en su propia cabeza hasta que la cabeza lo devora. Castel no es simpático y no quiere serlo, pero su voz te atrapa porque en el fondo reconocés algo. Camus la elogió, medio mundo la leyó, y sigue siendo la mejor puerta de entrada a un tipo de angustia muy argentina y muy universal a la vez.
En una oficina de abogados de Wall Street, un empleado nuevo, pálido y prolijo, empieza a responder a cada pedido con una frase: “preferiría no hacerlo”. No se enoja, no explica, no se va. Simplemente deja de hacer, hasta las cosas más básicas. Su jefe, el narrador, no sabe qué hacer con esa negativa mansa que le desarma todo el mundo ordenado.
Melville escribió este relato en 1853 y sin proponérselo dejó una de las figuras más comentadas de la literatura moderna. Bartleby, el escribiente se puede leer de mil maneras —la alienación del trabajo, la depresión, la resistencia pasiva— pero ninguna lo agota. Es el fracaso llevado al hueso: un hombre que renuncia a participar del mundo, y en esa renuncia hay algo perturbadoramente digno.
