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Espías y traidores: cuatro libros sobre las lealtades que se rompen

La novela de espías buena nunca fue sobre gadgets ni sobre tipos lindos salvando al mundo. Eso es Bond, que está bien para el domingo a la tarde. La buena es sobre otra cosa: sobre gente común metida en un aparato que la usa y la descarta, sobre la traición como oficio y sobre el precio moral de servir a una causa que no siempre es mejor que la del enemigo.

Por eso el espionaje literario es tan masculino y tan triste a la vez. Son hombres solos, sin familia o con la familia rota, que aprendieron a mentir tan bien que ya no saben quiénes son. La pregunta que recorre todos estos libros es la misma: ¿hasta dónde te podés ensuciar por tu bandera antes de que la bandera deje de importar?

Junté tres maestros del género y un argentino que hizo periodismo de investigación cuando eso todavía se pagaba con la vida. Del frío de Berlín al calor de Saigón, de un francotirador que persigue a De Gaulle a un fusilamiento clandestino en José León Suárez. Cuatro maneras de contar la misma cosa: cómo se rompe una lealtad.

El espía que surgió del frío – John Carré

Alec Leamas es un espía británico quemado, al final de su carrera, al que el Servicio le ofrece una última misión en la Alemania dividida. Le Carré la publicó en 1963 y de un saque mandó al tacho toda la fantasía de James Bond: acá el espionaje es gris, burocrático, sucio, y los buenos hacen cosas tan feas como los malos.

El espía que surgió del frío es probablemente la mejor novela de espías que se escribió nunca. Leamas es un tipo agotado que descubre, demasiado tarde, que fue una pieza descartable en un ajedrez que ni siquiera entendía. El final es de los que te hacen cerrar el libro y quedarte mirando la pared. Le Carré sabía de qué hablaba: había estado adentro.

El americano impasible — Graham Greene

Saigón, principios de los cincuenta, la guerra de Indochina. Fowler es un periodista inglés cínico y cansado; Pyle, un joven norteamericano idealista que cree que puede arreglar Vietnam con buenas intenciones y una teoría de manual. Entre los dos, una mujer y una bomba. Greene vio el desastre americano en Asia veinte años antes de que pasara.

El americano impasible es una novela sobre la peor clase de peligro: el del hombre bien intencionado que no tiene idea del daño que hace. Greene, que además de novelista trabajó para la inteligencia británica, arma un retrato del imperialismo con cara de bondad que sigue siendo incómodamente actual. Poca gente escribió sobre la culpa como él.

El día del Chacal — Frederick Forsyth

Un grupo de ultras franceses contrata a un asesino profesional inglés —frío, metódico, sin nombre real— para matar al general De Gaulle. Sabemos desde la primera página que De Gaulle no murió, y sin embargo Forsyth logra que no puedas soltar el libro. Ese es el truco maestro: convertir un final conocido en pura tensión.

El día del Chacal es un relojito suizo. Forsyth había sido periodista y arma la novela como un expediente: pasaportes falsos, rifles desmontables, la cacería paralela entre el sicario y el policía que lo persigue. Es el thriller de procedimiento perfecto, el molde del que salieron mil imitaciones peores. Pura ingeniería narrativa.

Operación Masacre — Rodolfo Walsh

En 1956, en plena Revolución Libertadora, un grupo de civiles fue fusilado clandestinamente en un basural de José León Suárez. Algunos sobrevivieron. Walsh, que era un escritor de policiales, escuchó la frase “hay un fusilado que vive” y en lugar de mirar para otro lado se puso a investigar. Lo que encontró lo cambió para siempre.

Operación Masacre es de 1957 y se adelantó casi diez años a A sangre fría de Capote: la no ficción con estructura de novela, el periodismo convertido en literatura de primera. Pero es más que una proeza formal. Es un acto de coraje cívico, la historia de un hombre que descubrió la traición del Estado y decidió no callarse. Walsh terminó desaparecido por la dictadura. El libro quedó.

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