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Cortos pero letales: cuatro libros que se leen en un fin de semana y no se olvidan más

Junio, frío, días cortos. La época perfecta para ese plan que venimos posponiendo: sentarse a leer un libro entero, de punta a punta, sin culpa. El problema es que muchos arrancamos novelas de quinientas páginas y las abandonamos en la mesa de luz, derrotados por el cansancio o el teléfono.

La solución existe y es vieja: libros cortos. Pero cortos de verdad, de esos que se terminan en un fin de semana y después te persiguen durante años. La brevedad bien hecha no es pereza del autor; es puntería.

Los cuatro de este posteo tienen menos de doscientas páginas cada uno y están entre lo mejor que se escribió en cualquier idioma. Ninguno te va a pedir paciencia. Todos te van a dejar pensando.

El coronel no tiene quien le escriba — Gabriel García Márquez

Un coronel viejo espera todos los viernes una carta con la pensión de guerra que nunca llega. Mientras tanto cría un gallo de riña, herencia del hijo muerto, y discute con su mujer si venderlo o aguantar. Eso es todo. Y con eso García Márquez escribió una obra maestra.

Es un libro sobre la dignidad de los que esperan, escrito con una economía de palabras que asombra viniendo del autor de Cien años de soledad. La última línea es legendaria y no se las voy a arruinar. Dos horas de lectura, garantizadas para siempre.

La invención de Morel — Adolfo Bioy Casares

Un fugitivo se esconde en una isla supuestamente desierta y de pronto aparecen turistas que lo ignoran por completo, como si no existiera. Entre ellos, una mujer de la que se enamora. Lo que descubre después es uno de los mejores giros de la literatura, y no pienso adelantarlo.

Borges escribió en el prólogo que la trama era perfecta, y no exageraba. Además de novela de aventuras y de amor, es una reflexión anticipada sobre las imágenes, la inmortalidad y la vida virtual, escrita en 1940. Bioy vio venir todo esto. Ochenta años antes.

Pedro Páramo — Juan Rulfo

Juan Preciado le promete a su madre moribunda que irá a Comala a buscar a su padre, un tal Pedro Páramo. Cuando llega, el pueblo está habitado por murmullos: voces de muertos que siguen conversando como si nada. La novela se arma con esos fragmentos, como un rompecabezas que se completa recién en la última página.

Rulfo publicó este libro y un volumen de cuentos, y con eso le alcanzó para cambiar la literatura en español. García Márquez se lo sabía de memoria. Son ciento veinte páginas que piden leerse dos veces: una para perderse y otra para entender dónde estuviste.

El extranjero — Albert Camus

Meursault entierra a su madre sin llorar, y esa indiferencia termina pesando más en su juicio que el crimen que comete después. Camus escribió una novela seca, de frases cortas y sol cegador, sobre un hombre que se niega a fingir sentimientos que no tiene.

Se publicó en 1942 y sigue generando la misma pregunta incómoda: ¿cuánto de lo que mostramos es genuino y cuánto es teatro para los demás? La traducción clásica al español la hizo Bonifacio del Carril para Emecé, acá en Buenos Aires. Otro motivo para leerla en nuestra edición.

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